Las aventuras del buen soldado Svejk.
Este libro trata sobre Svejk, un hombre ya entrado en años, que decide alistarse en el ejercito Austriaco en la 1º Guerra Mundial. Svejk es más bien idiota y cumple siempre las ordenes de sus superiores al pie de la letra, esto le llevara a estar unas cuantas veces en el calabozo y conocer a personajes extraños como: un capellán borracho y mujeriego, un voluntario anti sistema, un soldado glotón incapaz de no comerse el plato de comida de su superior, un agente infiltrado en un bar en busca de traidores a la patria, soldados ludopatas...
Svejk avanza por la aventura siempre con una amplia sonrisa y sin perder su buen humor y ganas de contar historias.
En general Joroslav Hasek (autor del libro) intenta mostrar la guerra como algo estúpido y donde la condición de la vida humana no vale nada.
“Por sus colores, el altar desmontable parecía una mesa para examinar a los daltonianos del ferrocarril.
Solo resaltaba una figura: un hombre con una aureola y el cuerpo verdoso como el culo apestoso de un pato en descomposición. A aquel santo nadie le molestaba, todo lo contrario: a ambos lados lo flanqueaban dos seres alados que debían representar a los ángeles. Pero el espectador tenía la impresión de que el santo desnudo gritaba, horrorizado, por tener una compañía como aquella. De hecho, los ángeles mostraban un aspecto parecido al de los ogros de los cuentos o, mejor dicho, algo a medio camino entre un gato almizclero con alas y un monstruo apocalíptico.
El contrapunto de este santo era una pintura que debía de representar a la Santísima Trinidad. Por lo que se refiere a la paloma, el pintor poco podía hacer para estropearla; pintó un pájaro indefinido que tanto podía ser una paloma como una gallina faraona.
En cambio el Dios Padre parecía un bandolero del salvaje Oeste, presentado a nuestro publico por una sanguinaria película americana.
El hijo de Dios, por el contrario, era un joven alegre, con una barriguita redonda cubierta con alguna prenda semejante a un traje de baño. Parecía un deportista. En la mano llevaba una cruz, que sostenía con tanta elegancia como si fuera una raqueta de tenis.
Desde lejos, sin embargo, todo el efecto quedaba diluido y parecía un tren en la estación El significado de el tercer cuadro era absolutamente imposible de descifrar. Los soldado se perdían en un mar de discusiones y se desvivían por resolver aquella adivinanza.”
Esto solo es un fragmento, ahora tienes que empezar el libro.
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