Miro hacía arriba y veo unas minúsculas lucecitas rojas en los palcos superiores, deben ser los de las fuerzas especiales, menuda obra a la que esta noche asisto. El hombre que está en el centro del escenario, donde se supone que hoy deberían estar actuando, la sostiene con el poderoso imán que ejerce una pistola en la sien. Ella siempre ha sido de una hermosura que quita el aliento, no me extraña que un sociópata se enamore de ella, no sería la primera vez, es más, con esta es la segunda, la primera fui yo, pero según se han desarrollado los actos, él y yo tenemos distintas formas de llamar la atención. No recuerdo bien el principio de esta historia, me aburro cuando no hablo yo y desconecto, pero me parece que el tarado irrumpió al poco de comenzar la representación, subió al escenario y la cogió antes de que diese tiempo a bajar el telón por “acontecimientos ajenos a nuestro control”, resultado de la operación: estamos secuestrados en un teatro escuchando las majaderías de un hombre armado, tengo que admitir que cuando me levante esta mañana no me esperaba que el día se me presentase tan divertido.
No se cuanta gente me dijo que no fuese, pero ella me había invitado después de lo nuestro, tenía la esperanza que para tener “un reencuentro emotivo” y no para restregarme su triunfo por la cara. Nunca tuve verdadera fe en ella, cada vez que la volvía a ver por las tardes y ella me decía que la habían vuelto a rechazar, tenía que hinchar los carrillos para aguantarme la risa y no soltar un “te lo dije”. Aunque la he amado, y la sigo amando, tengo que admitir, que quizás más de una vez la use como una marioneta de juguete a la que podía controlar con relativa felicidad.
Dios tiene crueles métodos para dirigir la vida de las personas, a mí me vino cuando al poco de dejarlo, ascendiera y yo me quedase hecho un botarate más, viendo su cara en las marquesinas, mientras esperaba al autobús hacía la universidad.
Y como invitado especial estoy yo. Me levanto de mi asiento, y como esta en el pasillo no tengo que molestar a nadie para que me abran paso. El público me mira, no me molesto en corresponderles porque son bastantes ojos a los que saludar y pocas ganas las que tengo. Subo al escenario ante la atónita mirada del desquiciado Romeo y el casi desfallecimiento de la extorsionada Julieta. Le digo que si va a matar a alguien que me mate a mí, que ella no tiene porque resultar herida. Romeo me dice que yo a él le importo un carajo, y que ahora mi insolencia la voy a pagar con mi vida, suelto la frase que me había preparado mientras me dirigía a lo que ahora puede ser mi patíbulo: “Si eso prolonga la vida de ella, merecerá la pena”, mi profesor de arte interpretativo estaría orgulloso de mí. Juego sobre-seguro, porque mientras me coloco en el fondo del escenario, a expensas de que mi verdugo haya dado su discurso al público, sigo viendo las lucecitas rojas que deben desprender las armas de la policía. La susurro “lo que quiero muchacha de ojos tristes, es que mueras por mi”, uno de los versos de “nuestra canción”, ella empieza a llorar, espero que algún día esto vea la luz en Broadway.
Me apunta con el arma y me pregunta mis últimas palabras, yo con las manos en los bolsillos le digo que adelante, que se dé prisa, que me esperan en otro sitio. Ella está detrás justo detrás del loco, apenas tienes fuerzas para mantenerse en pie, pero quiere ser testigo de mi muerte.
Oigo dos disparos e igual número de cuerpos caer, aquí falla algo. Claro que falla algo, sobre todos porque uno de esos cuerpos es el mío. A ese maldito tarado le ha dado tiempo a dispararme, nunca tuve suerte en las cartas. Dicen que antes de morir ves pasar tu vida en forma de diapositivas, pero es mentira, lo único que ves es a la persona que más has querido en lo poco que ha durado tu existencia, os lo puedo asegurar, porque yo la estoy viendo tirada en el suelo, mirándome, aunque creo que ya no es ella quien me mira, si no solo su cuerpo. La sangre que sale por el orificio que la bala ha perforado en mi cuello ha formado un inmenso charco en el escenario, no entiendo nada de lo que ha pasado. Respiro todo lo que mis escasas energías me lo permiten y así suministro la ultima dosis de oxigeno a mi cerebro. Dejo de sentir las piernas y los brazos no responden. La adrenalina que segrego me aclara las ideas, al parecer al francotirador que le tocaba derribar al secuestrador ajusto demasiado la bala, ella se debió de mover y recibió ella el disparo, santo dios ¿A qué tipo de personas se les da ahora las armas? Un recuerdo gotea de mi maltrecha mente, es la letra del final de “nuestra canción”.
Y morirme contigo si te matasy matarme contigo si te mueresporque el amor cuando no muere mataporque amores que matan nunca mueren.
Sonrio y si tuviese fuerzas me reiria, el charco que hecho con mi sangre ya mancha su vestido. No hay mejor final para esta obra.
Siempre nos quedará París...
Hace 6 años